Autor: Víctor Santillán
La situación actual del Perú refleja la realidad de nuestra Amazonía: un país que, atrapado en sus propias divisiones, se reconoce cada vez menos a sí mismo. A primera vista, lo que hoy llama más la atención es la enorme fragmentación social y política. Junto a ello, se hace evidente la continuidad de un mismo problema de fondo: no dialogamos, no nos comunicamos con propósito.
Esta preocupante tendencia a la polarización no es exclusiva de la Amazonía. Es un problema sistémico del Perú. Ello le otorga una gravedad alarmante. De un tiempo a esta parte, pareciera que toda la ciudadanía ha asumido las brechas como corrientes infranqueables. Nos hemos resignado a no escuchar al otro, y la salida que a menudo se propone no es abrir vías de encuentro, sino secar el caudal de quienes se encuentran en la otra orilla.
Mientras nos desgastamos en esa hostilidad estéril, la Amazonía —que representa cerca del 60% del territorio nacional— queda atrapada en el bosque de las promesas incumplidas.
Esta desconexión es un error estratégico con consecuencias devastadoras. Hoy nos enfrentamos a un escenario global crítico marcado por el Fenómeno El Niño (exacerbado por el cambio climático), la pérdida acelerada de la biodiversidad y la contaminación ambiental. En este contexto, la Amazonía no debe ser vista como un problema crónico de gestión, sino como la mayor oportunidad para el crecimiento, la resiliencia y el bienestar de toda la población de nuestro país.
Es tiempo de comunicar la enseñanza de los ríos de la Amazonía: corrientes que nos unen y nos transportan hacia renovadas soluciones, alianzas y compromisos donde el habitante de la costa y de los andes también escuche y comprenda que el aire que respira, el agua que consume y la estabilidad climática de su entorno dependen directamente de mantener viva la Amazonía, y con ella, nuestra esperanza de un presente y futuro donde el bienestar es deseable, posible y común.