Autora: Claudia Tuesta.
Desde las Áreas Naturales Protegidas del Perú, guardaparques y especialistas han desarrollado capacidades para prevenir y enfrentar incendios forestales. Una experiencia que muestra que proteger un territorio del fuego comienza mucho antes de que aparezcan las llamas.
Un incendio forestal comienza mucho antes de que aparezca el humo.
Puede comenzar con una práctica cotidiana, una acción aparentemente pequeña o condiciones ambientales que facilitan la propagación del fuego. Pero cuando ocurre dentro o alrededor de un área natural protegida, lo que está en riesgo no son solamente árboles o hectáreas de bosque: también pueden desaparecer hábitats, especies diversas y servicios ecosistémicos fundamentales para la vida de las poblaciones de su entorno.
Durante años, los guardaparques y especialistas del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP) han aprendido que enfrentar el fuego empieza mucho antes de que este aparezca: conociendo el territorio, identificando riesgos, sensibilizando a la población y preparando la respuesta.
Para Danae Anticona, guardaparque del Parque Nacional Yanachaga-Chemillén y combatiente de incendio forestal del SERNANP, entender qué existe detrás de un paisaje también forma parte de la tarea de prevenir y enfrentar un incendio.
La pregunta, entonces, cambia: ¿cuánto estamos perdiendo realmente cuando se quema un área natural protegida?
El desafío de proteger las ANP frente al fuego
Los incendios forestales son una problemática global. De acuerdo a estudios de la FAO, cada año se queman más de 260 millones de hectáreas en el mundo. En el Perú, el año 2024 fue particularmente complejo: se superaron las cifras de los cuatro años anteriores y se registraron alrededor de 30 mil eventos.
“Los estudios recientes señalan que la mayor presión que estamos recibiendo hoy en el Perú está dirigida a la región amazónica”, explica Wilder Canales, coordinador de Riesgo de Desastres de la Dirección de Gestión de las Áreas Naturales Protegidas del SERNANP.
La presión sobre los bosques amazónicos ocurre, además, en un contexto marcado por el cambio climático, las sequías y el estrés hídrico, condiciones que pueden favorecer a la propagación del fuego.
Para quienes trabajan en las ANP, esto significa prepararse para un escenario cambiante: no solo responder a los incendios que históricamente han afectado determinados paisajes, sino anticipar nuevos riesgos en territorios donde la biodiversidad cumple funciones esenciales.
Lo que no se ve cuando se quema un ecosistema
La pérdida de un área natural protegida tampoco puede medirse únicamente en hectáreas afectadas.
Un territorio que puede parecer simplemente pasto o un espacio sin uso puede cumplir funciones ecológicas esenciales. Incluso a más de 4.500 metros de altitud existen valores ecológicos que no siempre resultan evidentes a simple vista.
“Cuando un incendio afecta un área natural protegida, también se pueden perder estos servicios. Y su pérdida tiene una relación directa con el bienestar y las posibilidades de desarrollo de las poblaciones”, asegura Canales.
Por eso, combatir un incendio en un área natural protegida significa proteger mucho más que un paisaje: significa proteger especies, ecosistemas y servicios que sostienen la vida y el bienestar de las personas.
La primera respuesta: prevención
“Tenemos mucha experiencia en respuesta, pero lo primero es la prevención. Si nosotros no sensibilizamos a la población, no van a servir los esfuerzos”, afirma Danae Anticona.
Una parte de los incendios puede tener su origen en prácticas de uso del fuego. Danae pone como ejemplo prender fuego para espantar animales. Lo que comienza como una práctica puntual puede terminar convirtiéndose en un incendio forestal.
Por eso, en las ANP, prevenir supone conocer el territorio, identificar zonas de riesgo, trabajar con las poblaciones vinculadas a estos espacios y promover prácticas que reduzcan las posibilidades de que una quema se transforme en una emergencia.
Prevenir no significa abandonar la respuesta
Durante el primer semestre de 2026 se capacitó a 800 guardaparques mediante cursos del sistema de calificación, incluidos programas sobre introducción al comportamiento del fuego, liderazgo al servicio de los incendios forestales, combatiente de incendio forestal y sistema de comando de incidentes.
Pero capacitarse no convierte automáticamente a una persona en combatiente forestal.
“Si participo en un curso, ¿significa que soy combatiente? No, debemos tener condiciones físicas aceptables, estar debidamente equipados, con equipos de protección personal y herramientas especializadas y formar parte de una Cuadrilla o una Brigada”, explica Canales.
El equipo de protección está diseñado para resistir altas temperaturas y cuenta con certificaciones internacionales, americanas o europeas. Incluye chaqueta, pantalón, calzado, casco, protectores respiratorios, lentes y guantes, además en su mochila de línea llevan, hidratantes, alimentos fríos, muda de ropa, bengala y equipos de comunicación, además de la herramienta con la que desarrollarán su labor: en conjunto, un Combatiente se moviliza con 15 a 20 kilos por persona, por lugares agrestes que demanda de horas para llegar a la emergencia.
El entrenamiento también implica conocer el comportamiento del fuego, organizar una respuesta y trabajar bajo protocolos que permitan reducir los riesgos para quienes están en primera línea.
Una capacidad construida durante años
Esta capacidad no apareció de un día para otro. Uno de los antecedentes más importantes se remonta a 1997, cuando un incendio puso en riesgo el Santuario Histórico de Machupicchu. La experiencia impulsó el Programa Machupicchu y se convirtió en un punto de referencia para el desarrollo posterior de capacidades institucionales.
A partir de 2016, el aumento de la duración y magnitud de los incendios llevó a fortalecer la preparación del personal y buscar experiencias internacionales. España, México y California se convirtieron en referentes.
En 2018 se suscribieron convenios de cooperación con instituciones especializadas, el Organismo Autónomo de Parques Nacionales de España y el Servicio Forestal de Estados Unidos y se elaboró una estrategia institucional para la atención de incendios forestales. Hasta entonces, comenta Canales, no existía un documento específico sobre esta problemática a nivel nacional.
Entre 2020 y 2021 comenzó a consolidarse un grupo intersectorial peruano sobre manejo de incendios forestales, con apoyo del Servicio Forestal de Estados Unidos. En los años siguientes continuaron el intercambio de experiencias y la formación de instructores, incluida la capacitación en España. También se buscó conocer directamente la experiencia brasileña en el combate de incendios en la Amazonía.
Son años de aprendizaje que han permitido fortalecer la respuesta desde las ANP y avanzar hacia una mayor articulación.
El fuego no entiende de límites administrativos
Pero los incendios tampoco se detienen ante los límites de un área natural protegida. Aunque las ANP cuentan con personal y capacidades para responder dentro de sus territorios, el fuego puede aparecer en zonas aledañas y exigir movilidad y coordinación con otros actores.
La experiencia muestra que proteger estos espacios requiere también trabajar con autoridades, instituciones, comunidades y población: la capacidad de respuesta puede contener una emergencia, pero no sustituye la prevención en el territorio.
La prevención comienza antes del incendio
Primero está el territorio: conocerlo, entender su valor y reconocer aquello que no siempre vemos.
Luego está la prevención: trabajar con la población y reducir las prácticas que pueden desencadenar un incendio.
Después viene la preparación: formar combatientes, contar con equipos especializados, herramientas y protocolos.
Y finalmente, la respuesta.
Pero el orden importa
La experiencia de las Áreas Naturales Protegidas del Perú muestra que combatir un incendio es indispensable, pero que ninguna brigada, equipo o protocolo puede reemplazar la prevención.
Cuando las llamas aparecen, muchas veces ya es tarde para empezar a prevenir.
El desafío para el Perú —y particularmente para los territorios amazónicos que enfrentan una presión creciente— será construir una cultura de prevención que vaya más allá de los límites de las áreas naturales protegidas y alcance a comunidades, autoridades locales, instituciones y población.
Porque las ANP han aprendido que proteger un territorio del fuego no empieza cuando llega el humo. Empieza mucho antes: con conocimiento, prevención, preparación y una responsabilidad compartida.
El incendio comienza mucho antes del humo. Y la primera respuesta también debería comenzar mucho antes de las llamas.