Cuando el bosque arde: el duelo ecológico en el Perú

Autora: Claudia Tuesta.

Los incendios forestales no solo destruyen bosques y cultivos. También amenazan territorios, memorias y formas de vida, y dejan un dolor que pocas veces reconocemos.

En los primeros nueve días de octubre de 2026, Cusco registró 60 incendios forestales. En lo que va del año, la región suma unos 280 incendios, cinco fallecidos y más de 16 000 hectáreas afectadas, según reportes al 9 de octubre. Entre las víctimas hay tres adultos mayores y dos hermanos de 11 y 18 años, fallecidos en Pomacanchi. A escala nacional, el COEN-INDECI contabilizó seis fallecidos en Cusco y Puno durante la primera semana de octubre.

Las cifras no cuentan todo. En Pallpata, los comuneros perdieron 12 llamas y 44 alpacas, y 25 familias quedaron damnificadas. Son pérdidas de sustento, pero también de lugares que forman parte de la historia de una comunidad.

El fuego no es solo un fenómeno natural. Según Serfor, en una nota sobre Cusco, la quema de residuos agrícolas explica el 35,8 % de las causas identificadas de incendios forestales, y la quema de pastizales, otro 6,2 %. Son prácticas vinculadas al trabajo del campo que, en condiciones de altas temperaturas y vientos intensos, pueden descontrolarse. El problema no es nuevo: en 2024, la Defensoría del Pueblo reportó 35 fallecidos por incendios forestales en el país.

Un dolor que no figura en las estadísticas

Las cifras miden hectáreas y víctimas. No miden la tristeza de ver desaparecer un bosque conocido desde la infancia ni la angustia de una comunidad que ve transformarse el paisaje del que depende.

La investigación científica estudia estas experiencias como duelo ecológico. En 2018, Ashlee Cunsolo y Neville Ellis abordaron el concepto en Nature Climate Change, en el artículo Ecological grief as a mental health response to climate change-related loss, como una respuesta emocional ante las pérdidas ecológicas asociadas al cambio ambiental y climático. Este duelo puede surgir ante una pérdida directa, al observar el deterioro de un lugar significativo o al anticipar su desaparición.

Estas experiencias pueden afectar el sentido de pertenencia, los vínculos comunitarios y la continuidad de prácticas que dan sentido a la vida. En territorios indígenas y rurales, donde la naturaleza se entrelaza con la identidad, la alimentación y los saberes transmitidos entre generaciones, esas pérdidas también pueden ser materiales, sociales y culturales.

Reconocerlo no significa que todas las personas reaccionen igual ni convertir la tristeza en una enfermedad. Significa entender que el dolor ante la destrucción de la naturaleza puede ser una respuesta legítima ante pérdidas reales.

Un artículo de perspectiva publicado en 2026 en Frontiers in Conservation Science, de Yasmeen Telwala (Ecological grief in scientific communities), amplía esta reflexión al estudiar el malestar de quienes documentan el deterioro ecológico y observan que la evidencia no siempre se traduce en decisiones o medidas de reparación. La autora distingue esta experiencia del daño vivido directamente por las comunidades afectadas. Su planteamiento abre una pregunta incómoda para el Perú: ¿qué ocurre cuando los datos existen, las alertas se emiten y la respuesta no llega?

¿Puede el dolor convertirse en acción?

Nombrar el duelo ayuda a dejar de tratarlo como un asunto individual. Escuchar a las comunidades y reconocer sus pérdidas es parte de una respuesta integral. Pero el duelo no siempre conduce a la acción: en 2025, el investigador Marco Malavasi advirtió en BioScience que presentar el duelo ecológico como motor de cambio puede reforzar un ciclo de resignación.

Por eso, ninguna comunidad debería cargar sola con su recuperación. El acompañamiento, la organización y la participación en las decisiones pueden fortalecer la prevención de incendios, la vigilancia comunitaria, la restauración de ecosistemas y la exigencia de respuestas al Estado.

¿Qué nos pasa como sociedad cuando vemos arder nuestros territorios una y otra vez? Quizá el primer paso sea reconocer que esta pérdida no es ajena: dependemos de esos ecosistemas y tenemos una responsabilidad compartida en su cuidado.