Tres formas de devolver la imagen desde la Amazonía: el ecosistema audiovisual que construye la memoria amazónica

Autora: Daira Arge.

Cuando pensamos en la Amazonía peruana desde Lima, es inevitable recurrir a cientos de imágenes turísticas que aparecen en nuestra mente: un río navegable inmenso, mariposas de muchos colores, plantas frutales, enormes paisajes verdes y cielo abierto. Pero hay algo inédito en ver por primera vez un retrato de la Amazonía fuera de las fotografías que rodean a las agencias de viaje, y que deja de ser imagen fija para dar paso al movimiento.

Al ver, justamente, imágenes de la comunidad Awajún proyectadas en una sala de cine en Lima, cuarenta años después de su filmación, resulta inevitable preguntarse por los relatos que se han gestado sobre la selva. No nos muestran solo los sistemas de agricultura, la vida comunal y el arraigo territorial. También comunican algo sobre el poder de mirar, y desde dónde se mira. Imágenes almacenadas en soportes en proceso de degradación, guardadas por décadas en archivos, vuelven a ver la luz de los proyectores tras esperar que alguien decidiera que debían ser vistas nuevamente. Y, al ser vistas, nos devuelven relatos.

¿Quiénes filmaron?

Eso ocurrió este 2026 en la segunda edición del festival de cine documental Lima Docs, en que Archivo Río Abierto presentó «Cartografía fílmica de la Amazonía Peruana», cuatro documentales restaurados y digitalizados que datan de entre 1970 y 1990: En la Tierra de los Awajuntis (Alberto «Chicho» Durand, 1985), Aguarunas (José Luis Rouillón, 1984), Ashaningas del Cutivireni (Jorge Suárez, 1989) y Motilones Lamistas (Marianne Eyde, 1979). Juntos, en un acto de curaduría, constituyen una especie de mapa. No un mapa neutro, sino vivo: uno que resguarda movimiento, en que las comunidades awajún, asháninka y kichwa-lamista fueron filmadas en relación con el territorio.

Recuperar estas imágenes constituye un acto de devolución. Alguien con el poder que proporciona el medio fílmico tomó esas imágenes, las editó y construyó un relato en apariencia etnográfico y en la práctica exotizante. Muchos años después, son no solo devueltas sino puestas en circulación. Este acto, aparentemente logístico, es de fondo político e histórico: parte de un movimiento más amplio que ocurre actualmente en el audiovisual peruano, un conjunto de iniciativas que empiezan a integrar diversas narraciones sobre la historia reciente y la construcción activa de la Amazonía.

Foto: Díptico sobre “Cartografías de la Amazonía Peruana” entregado en Lima Docs 2026 por el proyecto Río Abierto

¿Por qué está cobrando importancia el pasado para la Amazonía?

No se les puede devolver imágenes a quienes ya no están, pero sí a las comunidades que descienden de conflictos irresueltos. En este territorio entre Perú, Colombia y Ecuador, durante los siglos XIX y XX, habitó el boom cauchero impulsado por el auge automotriz en el mundo. Fue ahí donde el entonces empresario Julio César Arana amasó su fortuna a costa del trabajo forzado, el abuso sexual y el exterminio masivo de pueblos indígenas. Las autoridades locales tuvieron conocimiento de ello. Al menos 30 mil personas murieron durante esa época.

El largometraje documental Shiringa: genocidio y resistencia en la Amazonía (Wilton Martínez, 2025) realiza un recuento de estos hechos y se aproxima al encuentro entre los descendientes de quienes estuvieron involucrados. A través de testimonios de la comunidad de Pucaurquillo, la pintura de Brus Rubio, que reimagina su ascendencia indígena murui bora, y la búsqueda de sanación de Sheyla de Loayza, nieta de caucheros, el filme construye una representación de la región tal como existe hoy: como consecuencia directa de crímenes de lesa humanidad y de la explotación indiscriminada de recursos. Además, obliga al Estado peruano a mirarse a sí mismo y a cuestionarse su responsabilidad en el ocultamiento de estos hechos.

Una historia cercana es explorada por Núria Frigola Torrent en El canto de las mariposas (2020), a partir del reencuentro del artista huitoto Rember Yahuarcani con las narraciones de su abuela en su lugar de origen. El filme deja una reflexión sobre la responsabilidad de sostener la memoria de los antepasados y recuerda tanto la fragilidad de la oralidad como la vulnerabilidad de los archivos. Desde un lugar completamente distinto, en la mezcla de lo documental y lo experimental, La memoria de las mariposas (Tatiana Fuentes Sadowski, 2025), reconocida con el Premio FIPRESCI en el Festival Internacional de Cine de Berlín, se posiciona como un ensayo fílmico que entrelaza archivos del siglo XX con la historia personal de la cineasta. Donde Shiringa confronta y El canto de las mariposas recuerda, esta película explora y especula sobre la relación entre el pasado indígena murui bora en torno al caucho y el presente.

Estas tres películas se aproximan a una misma herida originaria de la Amazonía: los crímenes cometidos contra pueblos originarios a causa del extractivismo. Desde lo testimonial, lo poético y lo sensorial, abren discusiones difíciles pero necesarias para repensar cómo se habita el territorio amazónico, cómo se explota su riqueza, qué relaciones emergen de su particularidad económica y política, y sobre todo qué hechos componen su historia.

La infraestructura como mensaje

En el barrio de Belén, en Iquitos, la ciudad que creció con la riqueza del caucho aunque no fuera el epicentro de sus crímenes, un grupo conformado por pescadores, fabricantes de embarcaciones y otros miembros de la comunidad ribereña construyó en conjunto una plataforma de 175 metros cuadrados, 14 metros de diámetro y 7 metros de altura, con troncos de árbol y fibras naturales, en tan solo dos semanas. Con ello, convirtieron el río en una sala de cine flotante y al aire libre, a la cual vecinos y visitantes se aproximaban en sus embarcaciones.

Este hito, dado en el marco del festival de cine selvático Muyuna Fest, fue reconocido por la plataforma ArchDaily como obra del año 2026 por presentar una propuesta cultural y arquitectónica ingeniosa frente a un terreno sin infraestructura convencional. En este espacio no solo se reivindica el audiovisual como herramienta de defensa territorial: toda la construcción física encarna el conocimiento comunitario, desde los patrones iconográficos kukama hasta los murales y la participación de la niñez. Este año, el festival reunió memorias en torno al caucho, uno de los temas más presentes en el cine amazónico reciente, que vuelve a intentar componer la idea del pasado. Y aún tocando un tema tan profundo, al término del festival la plataforma continuó vigente como espacio de encuentro: un lugar donde los niños pueden juntarse a jugar, habitar y construir activamente nuevas historias.

Foto: Muyuna Fest

Muyuna Fest es una iniciativa de Sacha Cine; Fundación Santur; Colectivo Espacio Común; y Proyecto Ícaro. En su última edición 2026 ha contado con el apoyo de Colectivo Sioni, la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental, la Sociedad Zoológica de Fráncfort; y la Comunidad Flotante del Barrio de Belén.

De la convergencia al ecosistema audiovisual

Aunque cada proyecto descrito posee sus formas propias de vinculación con las imágenes (archivo, circulación cinematográfica, creación documental, entre otros), todos comparten un hilo común: la pregunta por la memoria histórica de la Amazonía. Estas prácticas apuntan hacia la necesidad de encontrar las fuentes que componen el pasado, darles sentido, entender las dificultades del presente y abogar por un futuro con conciencia histórica.

Tal vez sin habérselo planteado desde el inicio, todos los actores involucrados en estos espacios han ido tejiendo una red simbólica, narrativa y creativa que atraviesa los significados asociados al territorio amazónico. Desde la planificación de proyectos, la articulación comunitaria, la exploración territorial y la expresión pictórica, existe ahora mucho más que un ecosistema biológico: existe un ecosistema simbólico de la Amazonía a través del audiovisual. El cine se convirtió no solo en una herramienta de comunicación artística, sino también en una fuente histórica. Lograr ello es una forma de reconocerlo, de darle el lugar que merece en el debate público como una experiencia que se comparte, disfruta y trasciende.